viernes, 9 de agosto de 2013

Alzar la voz: Cómo podemos ayudar para extender la educación de calidad

Aunque mi ocupación principal es la de artista, tengo otra pasión que con el paso de los años se ha desarrollado de manera conjunta a mi carrera, que es promover la educación en la temprana infancia. Crecí en una Colombia que estaba dividida y golpeada por la pobreza. En Barranquilla, de donde provengo, parecía que muchos a mi alrededor tenían su destino decidido desde antes de nacer. Aquellos que habían nacido pobres morían pobres, y desafortunadamente, lo mismo sigue ocurriendo hoy día tanto en Colombia como en muchas otras partes del mundo en desarrollo. Incluso de niña, sabía que ver a esos niños en mi ciudad natal, viviendo en las calles con poco esperanza de cambiar sus destinos, estaba mal. Sin importar las circunstancias. Esa indignación se convirtió en el catalizador que me inspiró para formar mi propia fundación, Pies Descalzos, en Colombia cuando cumplí 18 años y tuve el suficiente éxito como para poder contribuir en lo que parecía ser una forma con verdadero impacto.
Hice equipo con María Emma Mejía, exministra de Relaciones Exteriores y Educación en Colombia, y juntas nos dedicamos a tratar de cambiar esa aparentemente inevitable realidad. Comenzamos en Colombia, recaudando fondos y creando conciencia y poniendo manos a la obra, con base en la colaboración con los Gobiernos y otros filántropos y desarrollando escuelas de calidad, de las cuales estamos actualmente construyendo la sexta y con las que damos servicio a 6.000 niños. Luego construimos centros comunitarios dentro de las escuelas para que los pueblos, y las ciudades aledañas, también pudieran gozar de los beneficios. Desarrollamos programas de alimentación para que nuestros estudiantes pudieran aprender con el estómago lleno, y también para que sus padres tuvieran el incentivo de enviarlos a la escuela.
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En una escuela de Pies Descalzos en Barranquilla, Colombia, 2008/Institución Educativa Fundación Pies Descalzos - Corregimiento La Playa.

Después de 11 años dedicando mi tiempo a la educación primaria y secundaria, me convertí en una estudiante con una siempre creciente curiosidad acerca de los retos de proveer educación universal, tratando de entender qué funciona y qué no funciona cuando se trata de niños vulnerables que viven en conflicto. Al hacerlo entendí que trabajar en proveer educación no es sólo una cuestión de caridad sino una inversión humana. Descubrí que nuestra labor se tornaba más difícil cuando tratábamos de educar a niños que no gozaban de un cuidado, estimulación y nutrición adecuados en los primeros años de sus vidas. Fue ahí cuando decidí ampliar mis esfuerzos y cofundar ALAS y dirigirme a los Gobiernos de Latinoamérica para hacer de la educación, particularmente en las primeras etapas de la niñez, una prioridad en sus agendas, y he ampliado nuestro alcance a Brasil, México, Argentina y Centroamérica. Abogamos por que la educación de los niños en sus primeros años de vida aumenta sus posibilidades de éxito en la vida futura, y que eventualmente hará que estas sociedades sean más competitivas en la esfera global.
Más recientemente fui introducida e inspirada por el filantrocapitalismo, la práctica de aplicar métodos de negocios a la filantropía y llamar al sector privado para abordar los asuntos que el Gobierno no cubre, porque la educación es tanto una inversión como un deber, y una parte integral de una estrategia que desempeña una función vital en descubrir cómo gastar cada centavo y hacer que cada esfuerzo cuente. Este enfoque es, en mi opinión, tal vez el único método para resolver uno de los problemas más generalizados del mundo moderno.
La teoría del filantrocapitalismo me ha enseñado que no sólo el resolver el problema social de la educación produce una oferta de trabajadores calificados para las próximas décadas, sino que crea también consumidores valiosos e inteligentes. Lo que parece para ellos una caridad es en realidad un buen negocio cuando se mira bien -varios estudios académicos han demostrado que invertir en educación es la inversión más sólida que puedes hacer. Por cada dólar invertido en la educación básica de un niño, eventualmente se le retribuirán 17 dólares al Estado. Si me preguntan, esa es una retribución increíblemente saludable para una inversión.
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En la escuela Pies Descalzos en Barranquilla, Colombia, 2008 / Institución Educativa Fundación Pies Descalzos - Corregimiento La Playa

Algunos de los líderes de negocios más innovadores en el mundo como Bill Gates ya saben de esto; él ha hecho de mejorar el sistema escolar del país la prioridad de su fundación. Una revolución, por definición, es un cambio fundamental en la manera de pensar sobre algo, un cambio en un paradigma. Emprendedores como Gates, y mis queridos amigos y socios Howard Buffett y Alejandro Santo Domingo, han reconocido que hacer que el sector privado se involucre en la educación puede tener un impacto directo en la economía de un país, y sus contribuciones han sido vitales, en mi opinión, tanto en nuestros esfuerzos colectivos en este asunto como en obtener apoyo financiero concreto para ello.
Hoy, 18 años después de haber empezado, a los 36 años y como nueva mamá, puedo ver mi trabajo a lo largo de los años cerrando el círculo mientras veo a mi propio hijo desarrollarse. Me doy cuenta de que la maternidad es un mundo de descubrimiento, y me encuentro en un estado constante de admiración viendo a Milan absorber el mundo a su alrededor a un ritmo asombroso. De hecho, el 85% de la estructura del cerebro central de un niño se desarrolla a la edad de cuatro. ¿Entonces por qué no darles la mejor oportunidad posible de luchar desde el primer día?
Cuando lo miro veo posibilidades ilimitadas. Siento lo que creo que todos los padres sienten y desean para el futuro de sus hijos, independientemente de sus antecedentes; una determinación de asegurarse de que su futuro sea mejor que el nuestro y que sus sueños del mañana sobrepasen lo que hoy somos capaces de imaginar. Sin embargo, mi trabajo, nuestro trabajo, está lejos de haberse terminado.
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Chocó, Colombia, 2008

Mi carrera como cantante me ha dado el regalo más grande de todos -mi voz. Es un regalo que me permite expresarme como artista pero que también me dota de una plataforma para poner el foco sobre asuntos infinitamente más importantes que mi propia carrera -asuntos como la necesidad de un acceso universal a la educación de calidad para esos cerca de 60 millones de niños que no la tienen, y millones más que están lejos de recibir los beneficios de los programas de desarrollo en la niñez temprana.
Mi deseo es que quienes lean esto se sientan motivados para encontrar sus propias maneras de contribuir a mejorar el futuro de nuestros niños a través de la educación. Ya sea ayudando a difundir la palabra a los padres con recursos disponibles, aplaudiendo a nuestros líderes mundiales por los avances que están haciendo en materia de educación a la vez de hacerlos responsables por un progreso continuo, o siendo uno de esos líderes empresariales que ven el invertir en la educación como una innovación y no sólo como caridad.
He explorado muchos enfoques en el transcurso de los años tanto a través de mis fundaciones como con la guía y apoyo de algunos grandes filántropos, hombres de negocios, economistas, líderes políticos y activistas, y con cada nuevo esfuerzo, siento que estamos mucho más cerca de aumentar la conciencia acerca de los pasos necesarios para erradicar la pobreza y la desigualdad. Sinceramente creo que el abordar el problema a través de esfuerzos conjuntos del sector público y privado, y en el nivel comunitario con base en campañas y ciudadanos activistas, nos acercará mucho más a convertirnos en una sociedad en donde la desigualdad en la educación será solamente otro capítulo cerrado en los libros de historia que mi hijo pronto leerá.

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